MISIÓN IMPSOESIBLE.


Durante su corto servicio, Pedro Sánchez ha debido sentir más de una vez como, a su paso, se abrían pequeñas ranuras en los ojos de los retratos colgados en las paredes de Ferraz y desde el escondite, le ponían fecha de caducidad a él y a los principios ( del principio ) del PSOE. Todos los Pedro Sánchez es nuestro hombre han mutado a “ese señor del que usted me habla” sin que haya mediado más que su visión del partido. Es cierto que no ha conseguido para la organización los objetivos perseguidos, pero se podía haber optado por un relevo sin tener que recurrir a frescos a medio camino del Bosco y el camarote de los hermanos Marx.

La consecuencia lógica en cualquier país de que un candidato no logre captar los votos suficientes es el relevo. La ejecutiva estaba en su derecho de dar pasaporte pacífico al que se había pensado como cara joven del partido. Pero él seguía ahí tras varias convocatorias electorales perdidas, enlazando récords mínimos de escaños sin que que se pulsara el botón de alarma. Entonces, ¿por qué ese estallido virulento con tintes de resistencia en El Álamo después de las elecciones gallegas y vascas? ¿Acaso, en lo fundacional, no resultó más extraño la entente cordiale temporal con Ciudadanos?

Creo que Pedro Sánchez estaba decidido a probar su propio plan, dejando a un lado los avisos de peligro que le lanzaban desde control central. Hablar con nacionalistas con los que se ha hablado toda la vida y con Podemos, que pese a las acusaciones de que estaban pagados por potencias extranjeras con las que mantenemos acuerdos comerciales, había logrado calar en una población ansiosa de misiones resueltas y cansada de agentes dobles con conexiones con Suiza y Panamá. Un gobierno progresista con agrupaciones de nuevo cuño. ¿Qué iba a pasar?

El terror entre los amantes del statu quo.

Crisis PSOE

Las delegaciones críticas del PSOE han cruzado el Rubicón a la altura de Despeñaperros al ver que el Secretario General del PSOE quería ejercer de Secretario General del PSOE y que no terminaba de llegar la abstención vaticinada a favor del plasma, el recorte, el esguince al volver el cuello ante la corrupción y la anemia social. Le encargamos la misión de vigilar y nuestro hombre fue demasiado lejos.

Oír a los dos bandos del partido revelar contraseñas de una emisora a otra dejando al descubierto la lista de agentes resulta entre revelador y sonrojante. La cúpula negaba el conocimiento del agente atrapado mientras este, con un grupo de fieles, se refugiaba en un piso franco de Ferraz. Tan franco que se le negaba la entrada a los críticos y a los periodistas, logrando con ello un bosque de micrófonos en la puerta del escondite secreto.

Ya es misión imposible asegurar que no pasa nada, que hay sintonía con el PSOE de Andalucía y el de Extremadura, que tenemos diferencias pero vamos a sentarnos a hablar y que tenemos en la cabeza un plan. Algún impaciente en un despacho a media luz ha llamado a los agentes dormidos y como en Acorralado, el mentor González a vuelto a la escena a decirle a su muchacho que todo ha terminado. Por su parte, el agente Pedro Sánchez quiere llevar la misión hasta las últimas consecuencias. Incluso si con ello hace volar el partido.

A 30 de septiembre, toda opinión ante unos hechos con tendencia a lo rocambolesco se puede autodestruir en cinco segundos.

40 días y otras tantas noches


40 días han pasado desde que los españoles fuimos llamados a las urnas. 40 días tras cuatro años en los que han pasado muchas cosas, la gran mayoría ampliamente conocidas.

Una legislatura en la que la palabra corrupción se ha grabado profundamente junto a la palabra politica. El esbozo ya estaba hecho desde hacía mucho tiempo (con susurros, sospechas y muchas certezas) pero en estos cuatro años hemos conocido casos que nos han hecho cuestionarnos que quizás la crisis no hubiera sido tan profunda si algunos se hubieran contentado con su sueldo y el resto de prebendas, tanto de un lado como de otro. Que aquí no se salva ni el Tato.

No voy a perder el tiempo en enumerar los casos, ya los conocen.

Pero sí en dar las gracias a la Justicia anónima y a los que trabajan con y para ella, que, mermados en recursos, con herramientas obsoletas y muchas zancadillas, intentan hacer su trabajo en la gran mayoría de los casos.

Hoy, con la sentencia sobre el juicio de la hermana del Rey, hemos tenido una gran prueba de ello y una inmejorable ocasión para volver a felicitarlos.

40 días, decía, desde que los españoles ejercimos nuestro derecho a voto. Y estoy seguro de que la gran mayoría fuimos a las urnas con la esperanza o el deseo de que era el momento de ponerse de acuerdo y arreglar muchas cosas, de pactar, de llegar a acuerdos y de hacer nuestra democracia treinteañera un poco más justa, más limpia, con luz y taquígrafos, creo que se dice.

Y resulta que seguimos en la misma historia de siempre.

La España de los bandos, del conmigo o contra mí. Que la regeneración, el tender la mano, el olvidar y el perdonar, se olvidaron justo cuando los votos empezaron a contarse.

Ninguno está a la altura.

Que TODOS los partidos y sus principales dirigentes (salvo honrosas excepciones) están demostrando muy poca cintura democrática, unos como dinosaurios que temen la extinción (o la renovación) pero que como son los más grandes, llevan mucho tiempo por aquí y tienen colmillos, pues apabullan con su tamaño y fiereza; otros sobreexcitados, cerrados en la sinrazón del que cree que tiene la razón absoluta y utilizando las instituciones de una manera que quizás a ojos de una gran mayoría no es la más correcta. Los de más allá, preocupados por su cuota de poder, por seguir siendo visibles e importantes, salvados de la guillotina de las urnas por los pelos, juegan sus cartas como tahúres borrachos, mientras en su casa todos protestan y dicen blanco mientras que los otros dicen negro.

Se utilizan herramientas mezquinas y deleznables, cuando hablan de “regeneración” y de “nueva transición” mientras por el otro lado se atiza con la antorcha del miedo y se dejan libres a los perros de la guerra. Ya saben de quién hablo… o quizás la cosa no está tan clara, porque aunque unos están más arriba y otros más abajo, y sé que me repito, ninguno está a la altura.

Y no podemos cerrarnos a la sinrazón, de que este hizo esto o el otro hizo aquello. Nos necesitamos todos. Cumpliendo las leyes y pensando en lo mejor para toda la sociedad, en este país que podrá ser mejor o peor, pero es el que tenemos. Mas alma y menos corazón, que el scattergories es de todos.

Y aunque las últimas noticias sobre corrupción nos hagan hervir la sangre, respiremos tranquilamente, contemos hasta tres y pensemos en el bien común. No en el mío ni el tuyo, en el bien de TODOS. Dialogo, que creo que tampoco es tan difícil.

Si hace 30 años nos pusimos de acuerdo, ¿por qué no podemos hacerlo ahora?

ROSETTA Y LA BICICLETA.


Te confieso que asistir como espectador a la tertulia de Al Rojo Vivo día tras día es, quizás, una de las semillas de el blog que estás leyendo. En eso estábamos mi socio de teclas y yo cuando Francisco Marhuenda, director del diario La Razón, tras un intenso intercambio de ideas, nos dejó esta sobre el escritorio. (Vídeo. Sobre el minuto 4:40 ). “[…] La desigualdad genera riqueza y crecimiento.”

Lo he tomado, quizás demasiado en serio, como un tropiezo con la piedra de Rosetta. Unas palabras que, analizadas, ayudan a traducir una línea de pensamiento.

Su frase, con un pretendido matiz pedagógico, implica que la prosperidad de una sociedad se basa en la incomodidad de un espectro de esa sociedad. Como si, en términos económicos, estuviésemos hablando de un recurso finito. Entiendo, por tanto, que no todos tienen derecho al reparto, si bien casi todos se encuentran obligados, con impuestos directos o indirectos, a participar en su sostenimiento. A su vez, para que el proceso sea estable y se perpetúe el giro de la rueda, entiendo que esa desigualdad debe permanecer. Apunta Marhuenda al carácter histórico de la desigualdad. Si bien es cierto, quizás la transformación de la sociedad a lo largo de la historia nos podía haber hecho adoptar otras soluciones.

Me cubro las espaldas y apunto que no estoy a favor del comunismo. Creo que cada individuo debe recibir lo justo y aquellos con mayores capacidades reales pueden aspirar a recibir más.

Volviendo al tema. ¿En qué consiste esta realidad? ¿Cómo beneficia a la creación de empleo, o a las pensiones, o a la capacidad intelectual y humana de un país que unos pocos no jueguen? Solo alcanzo a entenderlo desde un prisma: ¿qué se está dispuesto a hacer para no pertenecer a ese grupo? ¿Se está dispuesto a ser uno de los desheredados o, por evitarlo, aceptarías cualquier condición laboral? Funciona, parece, como un conjunto de personas que conforman un grupo de control de un experimento. Unos seres en el Limbo social.

Rosetta y la bicicleta.

Lo entronco con una concepción casi dogmática en el que la resignación y el PIB se mezclan en un mismo versículo. Me remonto un poco más atrás, a las escuelas filosóficas estóica y epicúrea. Advierto que aquí voy a hacer una visión un poco libre de ambas, pero solo es un hilo mental. No me lo tomes mucho en cuenta. Parecemos condenados a una dinámica entre epicúreos y estóicos. En donde los primeros viven su vida en la despreocupación de la causa y el efecto mientras los estóicos se compromenten a la virtud y a la fortaleza de ánimo, viviendo de acuerdo con los dictados de lo que es lógico. Solo que, en este caso, el estoicismo viene impuesto desde fuera.

Intuyendo esta piedra de Rosetta, por tanto, podemos abandonar la atención de los argumentos de Francisco Marhuenda en tanto nos haya tocado en el reparto ser estóicos. No habla para nuestro grupo. Sus recetas, soluciones y planes pasan por la inebitavilidad de que algunos no entren en el juego de la existencia social. Eso es su opinión. No es llevar la razón.

Cabe preguntarse, por tanto, qué precio ético está dispuesta a soportar esta línea de pensamiento. ¿Qué puede llegar a estar permitido, siempre persiguiendo la meta de crear riqueza y crecimiento? ¿Se puede relajar la ética en el manejo de los asuntos públicos si las cifras, al final, son positivas o aceptables? Todo para que el dogma de la rueda grande que hace avanzar a la pequeña siga rodando en el siglo XXI. Debemos, como estóicos de nuevo cuño, aceptar el destino serenamente sabiendo que es lo mejor para el hombre.

Es una pena. Los epicúreos abogaban por alejarse de la política. En fin, seremos fuertes.

DULCE NAVIDAD


Y yo que me esperaba unas plácidas vacaciones de Navidad, tras los intensos meses de campaña y la vorágine de las elecciones.

Pero resulta que no. Que las navidades se han visto salpicadas por el stress y la confrontación que ha dominado nuestro país desde que aprendimos que era la prima de riesgo.

Y es que era el último reducto virgen, con unas directrices muy sencillas y que todo el mundo tenía a estas alturas más o menos dominadas. Al menos los que pasamos de los 40 y que poseemos diversas cicatrices de las fiestas pasadas: marcas de cuchillos jamoneros, de épicas resacas, de pisotones en los grandes almacenes o de cardenales provocados por un díscolo corcho de cava.

Y el resto se dejaba llevar, intentado adivinar si eran de los que les gusta la navidad o de los que se las pasará refunfuñando (entre los que me incluyo). Y no es que estuvieran exentas de stress o de enfrentamiento. Pero el “espíritu de la navidad” podía con todo.
Era tiempo de pasar frío, de comilonas con la gente del trabajo y con la familia, de mandar postales a los que están fuera, de estrujarse la mollera para decidir el regalo y de esquilmar la paga extra comprándolo. De pasarse con el alcohol. De dar un paseo admirando o criticando la iluminación del centro de tu ciudad. De comer turrón. De los niños de San Idelfonso. De ver películas clásicas que solo quieres ver en esta época. De tomar una copa con los amigos que no ves el resto del año. De criticar el discurso del Rey. De tomarse 12 uvas y meter tu alianza en el fondo de una copa para brindar.

De tantas y tantas cosas que llevamos años mamando. De las tradiciones de cada uno.

Y que conste que estamos abiertos a innovaciones, sino vean los wassaps que se han mandado en esta época navideña. O sea que abrazamos la modernidad sin problemas. Que para eso somos marca España 2.0 y estamos en Europa.

Y aunque hubo algunos indicios, señales aparecidas en el cielo, pasaron inadvertidas para los grandes gurús de la información. Y casi, casi, la navidad transcurrió plácidamente como cualquier otra, sin grandes cambios.

Pero llegó la cabalgata de reyes… y se lió bien liada. Rios de tinta, oceanos de tweets y torrentes de wassaps amenazaron con ahogarnos. Y que conste que pienso que la Navidad es algo más que una tradición cristiana. Es personal e intransferible para cada ser humano.

Y la verdad es que con la de problemas que hay que solventar, con todo lo que se nos avecina y lo ya pasado, crispar el ambiente por estas cuestiones, me parece más de lo mismo. Tanto hablar de que hay que sentarse a hablar, llegar a acuerdos, estar unidos… Y a las primeras de cambio, volvemos a los bandos. Al conmigo o contra mi.

A saltar a degüello y sin pensar, deslizando velozmente los dedos sobre la pantalla táctil emitiendo sentencias sin ningún tipo de filtro.

A soltar barbaridades por la boca, sin pensar en que quizás a los niños, los verdaderos protagonistas, les importa un bledo la pinta de los reyes magos o que no haya camellos, o que el rey Melchor haya mandado a una emisaria, ya que su imaginación es poderosa y mágica. Y quieren caramelos y regalos, y ver un desfile especial.

Dejemos que utilicen sus ojos para ver el mundo y que no carguen con nuestra miopía.

Que no vuelva a ocurrir… jamás.


GIRA EL MUNDO, GIRA.


El mercado no es un castillo retorcido sobre una tormentosa colina. La pintada “empresario, no eres necesario” no me parece acertada: por el mensaje y por estar pintada en una pared con caligrafía apresurada. Si nos detuviésemos e intentáramos una relación de aprovechamiento mutuo resultaría un bien común. Algo egoísta, sí, pero un bien para un buen número de agentes.

A lo que voy, que me estoy filosofando encima.

Me ronda por la cabeza escribir sobre el cortoplacismo intrínseco en esta loca carrera por el beneficio anual. Cuentas que deben satisfacer a inversores y que, a su vez, animen a nuevos inversores de distintos tamaños a participar en las cuentas. Así el beneficio de un año, aunque estupendo, debe palidecer frente al beneficio del año posterior. Apúntate la idea de una rueda, me temo que va a salir bastante en esta columna.

Esta dinámica en sí no es mala desde un punto de vista pragmático. Si se anima al comprador, si este acepta y dispone de dinero para comprar y de cierta tranquilidad, la economía debe marchar. Nos plantamos entonces en un escenario de crisis donde el crédito pasa a ser un pariente del unicornio, el mileurista es hermano del dodo y llegar a fin de mes es encontrar el Shangri-La. Es obvio que la demanda cae. Aficiones, inversiones, caprichos, todo se detiene ante lo inmediato del vencimiento de las facturas. ¿Qué opina ese inversor que necesita que el margen de beneficio sea mayor? ¿Deberíamos sentarlo en nuestras rodillas y explicarle que ese año no puede ser y con ganar lo mismo debería ser bastante? No. Si bien el mercado no es el gigante de Jack y las judías mágicas, su reino es difuso como un cuadro de Turner. No es un interlocutor con mediador. Es una serie de agentes en constante movimiento que buscan beneficio.

¿Cómo lograr entonces aumentar el beneficio? Disminuyendo el gasto.

Me refiero a dos aspectos: costes salariales e impuestos. Bajar sueldos implica que la clase trabajadora disponga de menos dinero en un escenario con una incertidumbre sobre el futuro ya instalada. Menos dinero supone una detención en el consumo. Menor demanda de la que ya teníamos. Si a eso le añadimos la creatividad contable y el pago de impuestos en terceros países estamos pinchando esa rueda que te prometí que volvería a aparecer. El flujo entre mercado y estado se interrumpe. No hay balance.

Ahora mismo, la rueda de los planes de futuro tiene dos o tres radios. Al bajar los sueldos, baja la calidad de lo que podemos comprar, de lo que podemos vestir, consumir, de lo que nos cura, de los que nos evade. Porque en sociedad somos como el mercado: buscamos beneficio, el nuestro. Pero de buen rollo.

¿No existe la posibilidad de hacer una pausa en esta carrera de locos hacia el máximo beneficio? Vamos a concedernos una tregua, como si acabásemos de asomar la cabeza desde la trinchera. Este año nos conformamos con ganar. ¿Está el horizonte oscuro? Pues debajo de este techo, si nos apretamos, cabemos unos cuantos más. Vamos a pasar el temporal. Me conformo si vendo menos televisores, si la cifra de coches baja o si debo rebajar una vivienda. Un balance entre agentes. ¿Por buenrollismo, happy-flower y pacifismo? Pues ojalá. Pero no, por el pragmatismo de la supervivencia del mercado. Cuidar la oferta, la demanda, la limpieza en el proceso, el rigor bancario, eliminar la obsolescencia electrónica… Son un montón de frentes que apenas han sido amonestados.

Beneficios inmediatos frente a una mejora del mercado, que redunde en beneficios futuros.

Como suele decir Guillermo Fesser: pórtate bien, aunque sea por egoísmo.

CUANDO ÉRAMOS FELICES (PARTE 2)


Y estábamos en 2015. Un año que nos trae unas elecciones con sabor a mantecados y anís. Donde los nuevos partidos (aunque parece que llevan siglos con nosotros, ¿no tienen ustedes esa impresión?) intentarán hundir el barco del bipartidismo. O quizás solamente lo tomen al abordaje… o al final puede ser que simplemente tomen un pasaje.

Y es que lo pasado ha dejado una profunda herida en toda la sociedad que tardará años en curarse. Derechos perdidos que quizás nunca se recuperen. Una transformación tan brutal, que simplemente no hemos llegado a asimilar. La fe en los grandes poderes del estado está rota y mancillada, al menos de los que hemos nacido en democracia o junto a ella.

Políticos, agentes sociales, empresarios, sindicatos… nadie cree ya en ellos, la rueda sigue girando pero la sensación de derrota, de que nos han tomado el pelo, es grande. De que se han utilizado las instituciones de todos de una manera “ruíz y mezquina”. De que la gente decente está lejos de los círculos de poder. De que todo el que entra en el juego es porque está pringado. De que es mejor no cortar las ramas vaya a que el árbol se pudra… o a lo mejor es que los nidos de unos pocos están bien cargados de huevos.

Todo suena ya a manido, a cosas mil veces repetidas, a un mantra budista emitido con letanía y repetición. Transparencia, regeneración democrática… Palabras, que al igual que la definición “emprendedor” o “marca España” han desvirtuado, por no decir violado, dejando carente de significado y tiradas en una cuneta. Y llueve y hace frío… al menos para algunos.

El miedo se ha usado como arma arrojadiza, agitando la antorcha. Aunque muchas veces lo que salen ardiendo son las cortinas, tengan cuidado. Y entonces hay que llamar a los bomberos.

Es mejor coger una llamita, llamémosla esperanza y, alimentarla, con paciencia y tesón, consiguiendo finalmente que esa llama nos ilumine y nos caliente a todos.

Y obviamente, no se puede generalizar. Mucha gente lucha contra corriente, poniendo horas e incluso dinero de su propio bolsillo para intentar enmendar todo el mal hecho o al menos aportar su granito de arena. Entre las grietas del sistema y haciendo que cada día haya una razón para sonreir.

Porque todos somos necesarios y nadie es prescindible. Entre todos hemos creado una sociedad con defectos y oscuridad, pero también llena de grandes cosas y gente buena. Creamos en ella, creamos en nosotros y afrontemos el futuro con la esperanza que a veces nos ha faltado.

Mañana estaremos un día más cerca de la primavera.

MERCANCÍA EN MAL ESTADO.


Me cuesta un poco la asignatura de matemáticas. Es un mal precedente para la columna que estoy a punto de afrontar, pero voy a hacer lo que pueda. Si te apetece, puedes acompañarme en este razonamiento. Te prometo que voy a hacerlo en directo y sin más red que la de internet. Si al final resulta que yo estoy equivocado, llegaremos a un acuerdo: yo borraré esta entrada y tú la olvidarás.

Antecedentes. Mariano Rajoy en su intervención en La Sexta Noche del 5 de Diciembre, y a una pregunta del público, afirma que “no llegan al 1% de las personas que trabajan en España las que tienen ese tipo de contratos”. Se refería a empleos temporales precarios, entiendo por sus palabras, de menos de un mes, incluso de semanas o días. Bien. Ni el presidente ni la espectadora tienen los datos en la mano y se puede deber a un error. Yo les dejo aquí el vídeo. (Min. 1:30)

Antecedentes. Pablo Casado, en el debate de TVE emitido el miércoles 9 de Diciembre. En su turno de palabra, dentro de la sección dedicada al empleo, afirma que: “solo un 1% de españoles tiene contrato de menos de un mes”. Me sigue extrañando. Sobre todo porque se ha preparado la materia del debate con datos y con gráficos. Un apunte. “Crecemos más que nuestros países competidores. Crecemos más que Alemania“. Me voy a apuntar el dato de que competimos dentro de Europa. Yo les dejo aquí el vídeo.  (Min. 20)

Y les comento que me extraña porque una persona muy cercana ha estado trabajando durante bastantes periodos en contratos de una semana. Renovados cada viernes. Pero no es motivo de queja. Ahora ha conseguido otro empleo, junto con otras 11 personas. De una semana. Oigan, me parece una curiosidad matemática que yo, sin tener mucho don de gentes, conozca de tantos en esta situación. De ahí que escuche ese hito en el discurso del 1% y tienda a ponerlo, al menos, en cuarentena.

Me da por buscar en internet un rato. Tengo un montón de pestañas abiertas y resulta que a algunos se les ha estrellado en los oídos esta afirmación. Reconforta un poco que no has sido el único. Diario El Mundo. Un artículo de Marzo de 2015. Según datos del Ministerio de Economía, el 41% (510.837) del conjunto de los contratos temporales que se hicieron en enero (1.247.556) tuvieron una duración inferior a un mes. Este porcentaje llegó en diciembre a casi el 46% y en agosto llegó al récord, el 47%. Les reconozco que copiar párrafos de periódicos no se considera investigación, pero para este cálculo creo que nos puede servir. Las negritas son del artículo, como ellos las saben poner, yo las dejo. Sigo buscando, las cifras no me cuadran.

http://www.elmundo.es/economia/2015/03/07/54fa1a65268e3e43548b4574.html

Diario el Mundo. Agosto de 2015. Les copio. Los contratos de una semana o menos no son una excepción en España sino, desgraciadamente, una realidad. Según los datos proporcionados por el Servicio Público de Empleo Estatal (Sepe) , entre enero y julio de 2015 superaron la cifra de 2,6 millones y supusieron casi el 25% de las contrataciones, siete décimas más que los suscritos un año antes. En concreto, en este periodo se firmaron 2.633.296 contratos de una semana o menos, lo que supone el 24,9% del total […]

http://www.elmundo.es/economia/2015/08/15/55cf60d1268e3ee42a8b4586.html

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Redondeando, tengo una diferencia de un 23% entre unas afirmaciones y otros datos. ¿Miente este diario y nadie del Gobierno lo ha mandado a enmendar? Voy a hacer mis propios cálculos. Recuerden que no soy bueno en matemáticas. Dato de Julio de 2015. 17.315.188 Empleados (fuente de la Seguridad Social). Según la afirmación, solo el 1% de ellos lo son por menos de una semana. 173.530 personas. ¿Ven como no cuadra? ¿Se referirá a españoles totales? Redondeamos al alza. 47 millones. Un 1%, 470.000. Se acerca algo más a la cifra de contratos. En un mes. Aunque se queda corta. De acuerdo, pero, ¿mezclar en un porcentaje el total de habitantes con los empleos temporales es correcto? Tomando esta mediana como correcta, Pablo Casado parece que afina algo más, introduciendo en la cuenta a menores, mayores, jubilados, dependientes, etc. Pero Rajoy se refería a las personas que trabajan en España. Parece que está en un error.

Por todo lo expuesto anteriormente, les pido que: No compren mercancía en mal estado. Si lo hacen, por favor, como votantes, ciudadanos, habitantes o personas, les pido que no hagan estos cálculos o reflexiones ustedes solos y decidan tirar esta mercancía en casa, en secreto. Hagánlo público de alguna manera. Son cifras, no deberían ofender a nadie. Además, como no soy periodista, ni economista, ni tertuliano, si alguien puede enmendarme la cuenta, por favor, que lo haga. Por si me he llevado uno donde no debía.

Yo me voy a quedar con la idea de que, para muchos los planes de futuro se cierran, con suerte, los viernes por la tarde.